Erase una vez una institución casposa, vieja, corrupta y que no servía para una mierda, a parte de engullir cientos de miles de millones de euros de los contribuyentes (que no ciudadanos). Esa institución se llamaba El Senado Galáctico.

Membrete oficial de El Senado Galáctico
Los habitantes de El Senado Galáctico, los Senadores, entraban a vivir del cuento gracias a unos montones de papeles de colores. Éstos papeles, los ponían en unas bonitas cajas de plástico los ciudadanos (que no los contribuyentes) en un proceso llamado
elecciones. En las
elecciones, los ciudadanos elegían entre unas listas fijas a aquellos que iban a poder entrar en El Senado Galáctico mediante papeles.
Una vez estaban dentro, sus Galactidades Senatoriales disponían de un montón de cosas: comida, bebida, ordenadores, bolígrafos gratis, teléfonos móviles… alguno de ellos hasta disponía de coche privado. Y algunos hasta querían conseguir iPads. ¿Sabéis quien pagaba todo eso? Los contribuyentes, mediante un concepto llamado impuesto: cuando los contribuyentes cobraban su nómina al final del mes (y a finales de verano se volvía a hacer un recuento de todo el año), un porcentaje se desviaba hasta los cofres del Estado y, de ese porcentaje, una parte pagaba toda esa comida, bebida, ordenadores, bolígrafos, trajes, coches, gasolina para los coches, las carreteras por donde circulaban los coches, los conductores de los mismos, los teléfonos, las tarifas de datos de los teléfonos, los iPads…
El trabajo de sus Galactidades consistía en encontrarse periodicamente, contarse batallitas, de vez en cuando pegarse alguna colleja (no demasiado fuerte por si acaso se les dislocaba algún miembro… de su cuerpo, no de El Senado Galáctico)… pero sobre todo, comían. A montón. Se hinchaban.
Pero llegó un día en que sus Galactidades, en una de sus sesiones, tuvieron que trabajar. El trabajo consistía en aprobar una moción que defendía la neutralidad técnica de Internet: que nada ni nadie discriminara los contenidos que sus Galactidades, a parte de todo cristo, podían consultar en sus ordenadores, teléfonos y algún fundamentalista postmoderno en su iPad. De hecho, que no se discriminara el tráfico era una cosa que podía afectar a la economía del país entero.
Los ciudadanos, algunos de los cuales ya estaban bastante hartos de que les hubieran estado tomando el pelo durante meses seguidos, tuvieron conocimiento de esa sesión de trabajo. Y no dudaron ni un segundo en expresar sus inquietudes a sus Galactidades.

Sus Galactidades en acción
De hecho, no hacía ni una semana que habían hecho lo mismo con otra institución llamada Congreso de los Diputados que, al menos, hacía ver que justificaba el aanncho gasto en telefonía, iPads, ordenadores, comida, plumas estilográficas y demás parafernalia para sus Congresisticas Serenidades que, en recibir el aluvión de preguntas provenientes de los ciudadanos, dijeron
¿Pero quién cojones se piensan estos para pedirnos nada a nosotros? Malditos hippies… Mira que atreverse a si quiera pensar en que podían dirigirnos la palabra…
Seguidamente, sus Congresuales Serenidades aseveraron que los mensajes que habían recibido de aquellos que les pagaban el arroz eran correo no deseado y que no iban a hacer ni puto caso.

Ciudadanía en acción
Pero volvamos a sus Galactidades Senatoriales… Entre morcillón y pacharán, alguno de los Senadores tuvo la ocurrencia de mirar en su ordenador (de hecho esa acción dio pie a una gran polémica entre sus colegas) y vio que en la calle, aquel sitio frío, húmedo, lleno de porquería y de elementos no deseables, que ellos jamás pisaban, los ciudadanos-no-deseados hablaban de ellos, de los Senadores Galácticos. Es más, los había que incluso pedían, demandaban y pretendían exigirles que…
¡¡¡hicieran su trabajo!!!
Ni cortos ni perezosos, y alertados por sus amigos, los Serenos Congresistas, en ver tanto movimiento sus Galactidades se pusieron en marcha. Pero no para escuchar qué les decían desde la calle no, si no para decir que
¿Pero quién cojones se piensan estos para pedirnos nada a nosotros? Malditos hippies… A ver si de una puta vez aprenden a callarse la boca y dejarnos a nosotros, que sabemos de lo que hablamos.
Pero no acabó aquí la cosa. Hubo quien, aún no siendo una Galactidad, aunque si una estrella… o mejor un recién estrellado, hizo bueno un fragmento de El Mago de Oz, en que un espantapájaros sin cerebro habla, suelta un discurso totalmente incoherente, generando una gran avalancha de risas, para regocijo de la muchedumbre.
Da la coincidencia que nuestro peculiar espantapájaros también había ejercido de Serenidad/Galactidad, pero no en un Senado de mierda como el que aparece en esta historia, ¡que va! Lo hizo a lo grande, en un Parlamento Multinacional, Multicultural y de tres pares de huevos. Y mientras estaba en ese Parlamento, hubo ciudadanos que también preguntaron a los Parlamentistas. Y nuestra Serena Parlamentidad, que aún sin cerebro podía hablar por causa de algún improbable milagro de la naturaleza, contestó que
¿Pero quién cojones se piensan estos para pedirnos nada a nosotros? Malditos hippies… A ver si de una puta vez aprenden a callarse la boca y dejarnos a nosotros, que sabemos de lo que hablamos.
Y así fueron haciendo de las suyas, lustro tras lustro, hasta que llegó el momento en que ciudadanos, contribuyentes y demás correo-no-deseado fueron llamados otra vez a elegir entre diferentes listas de papeles para ver elegir de nuevo a sus Serenidades Congresísticas que pasarían a formar parte de un nuevo Parlamento. Pero la ciudadanía-no-deseada estaba ya con los genitales hiperdesarrollados, mucho. Tanto que finalmente decidieron abordar Parlamentos, Senados y demás antros y tugurios de vicio, perversión y mala muerte.

Ciudadano anónimo en acción
Una vez abordados, lo limpiaron todo y sacaron toda la mierda: miles de bolígrafos y plumas estilográficas sin estrenar, restos de comida, cajas y cajas de bombillas de bajo consumo sin abrir, centenares de trajes, algún que otro iPad, barriles de gasolina de contrabando… lo pusieron todo en la sala de plenos y un ciudadano anónimo entró en escena en el exterior, llevando un extraño artilugio y un saco de patatas. Era una especie de larga tubería de PVC. Tras operar con la tubería y las patatas unos segundos, buscó una posición favorable, calculó la velocidad del viento, se llevó la tubería al hombro…. y tras unos segundos se pudo oír un ligero
pop.
Una patata en llamas salió volando de la tubería a gran velocidad, describiendo una parábola a través de la calle hasta encontrar una de las ventanas del Senado Galáctico. Tras un pequeño intercambio de impresiones entre patata y cristal, la primera siguió su periplo por el interior del senado, que llegó a su fin cuando alcanzó un montón de barriles de gasolina, pólvora y tonelaes de material inflamable.

Piromusical postmoderno
Desde la calle, donde reinaba el silencio, lo primero que sintieron las personas allí reunidas fue un ligero resplandor, seguido de una gran explosión. Al oír esa terrible explosión, el tejado circular de El Senado Galáctico salió volando por los aires , cruzando el cielo de la ciudad, iluminándola y dejando un reguero de restos a su paso.
Debido al inmenso montón de mierda, basura y detritos que había en su interior, los restos del edificio galáctico ardieron en un glamuroso incendio que iluminó la ciudad durante días.
La gente cantaba y bailaba, celebrando ese hecho histórico, hasta que un individuo con traje y maletín se plantó frente a la multitud, sacó un papel e informó que aquel espectáculo musical estaba, según él, protegido por derechos de autor y que todos los presentes deberían abonar una cantidad realmente burra de dinero.
Lo que le pasó a continuación, es otra historia pasa ser contada en otra ocasión.
NOTA: Esta historia es pura ficción. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia, aunque se han añadido nombres y enlaces para ejemplo y jolgorio de.
Ningún senador, congresista ni recaudador de impuestos revolucionarios han sido dañados física o mentalmente durante la escritura de la historia. Más que nada porque no hubo ocasión.